Caprabo "se luce"

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El martes era una de esas pocas ocasiones en las que decidí ponerme a cocinar, así que abrí la nevera para ver si se me inspiraba algún plato, pero lo único que se me inspiró fue lo que haría al día siguiente: ir a comprar comida. Después de pasar por unos cuantos supermercados y alguna que otra frutería entré en el Caprabo (que ahora también es Eroski) para comprar una bolsa de patatas fritas. Cogí mis patatas del estante y cuando estaba dispuesta a irme miré hacia arriba para encontrarme cara a cara con este cartelito.


El cartel en sí dice: Me gustan las tapas más que a mi marido”.

Como no podía ser de otra forma, me puse a darle vueltas sobre lo profundo de la frase. Lo primero que pensé mientras hacía cola en la caja, es que el publicista que se la sacó de la manga estaba bastante ligerito de cascos, puesto que se da a entender que  “es raro” que a una mujer le gusten las tapas más que a su marido. ¿Es que es el marido, por el hecho de ser marido un adicto a las tapas? ¿A todos los maridos les gustan las tapas, y si no les gustan también son “raros”? ¿Para ser marido te han de gustar obligatoriamente las tapas, sino no te dan el título? ¿Si no estás casada no puedes comer tapas, o no te gustarán tanto?

Inmersa entre mis sutiles cavilaciones me dispuse a pagar mi bolsa de patatas fritas, salir del establecimiento y dirigirme hacia casa. Durante el camino, llegaron a mi mente varios factores más por los cuales una frase que a simple vista no aporta nada podía ser digna de análisis. Por ejemplo, a primera instancia se da por hecho de que la que lo dice es una mujer porqué estamos acostumbrados a la pareja tradicional. ¿Pero, y si lo dice un hombre? El sentido de la frase no cambia pero la idea de trasfondo sí, es decir, cambia en el sentido mujer-hombre/ hombre-hombre dependiendo de quien la diga. ¿Cómo quedaría la frase si al principio ponemos un nombre de hombre? Por ejemplo: “Manolo: Me gustan las tapas más que a mi marido” o “A Manolo le gustan más las tapas que a su marido”. La idea seguiría siendo la misma pero la intencionalidad no. Otra cosa a tener en cuenta es que el sentido mujer-mujer no lo está presente.

Interrumpí a mis neuronas para abrir la puerta de casa, cerrarla, ir a la cocina, coger un bol, verter las patatas y sentarme con el en el sofá para acabar de engranar mi cerebro mientras me llevaba la primera patata a la boca.

La verdad es que la frase estaba dando más de si de lo esperado. Si se mira desde el otro lado todavía se puede sacar  jugo al asunto. Es más, se da por hecho y determinado que la mujer que habla está casada. No está ni juntada, ni divorciada, ni viuda, está casada.  En tal caso “marido” se substituiría por “pareja”.

Es sublime como la idea de una pareja tradicionalmente estereotipada nos entre en la cabeza de una forma tan sutil, con solo una frase, con solo una idea, dicen como ser, como vivir, como pensar.  Al llegar a esta conclusión dejé mi bol de patatas fritas y me dispuse a “inspirarme” otra vez frente a la nevera.

H.Lana



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