‘Las sombras de Longbourn’, de Jo Baker

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De entre los libros leídos este mes, éste se lleva la palma. Pero no para mal, ni mucho menos. Veréis, cuándo lo cogí pensé que seria una especie de dramón romántico, uno de esos relatos empalagosos y sosos que desde la primera página el lector ya puede oler el final como tufo de cebolla. Pues bien, en este caso me equivocaba completamente. Antes de empezar en el libro en sí, permitidme que os haga cinco céntimos de la autora, puesto que sin saber de ella no tendría ningún sentido relatar todo lo demás.

Pues bien, Jo Baker, la autora, se licenció con 18 años –y matrícula- en literatura inglesa en Oxford y se ha declarado una gran fan de Jane Austen. Ha releído y estudiado varias veces sus novelas y un día de estos decidió destripar lo que no se veía en ellas, pero que sin embargo también existía. Y con destripar me refiero exactamente a mostrar.

Basándose en Orgullo y Prejuicio  y la historia de los Bennet, Baker relata la retaguardia, la vida de los criados –que no esclavos, aunque a menudo lo parezcan- dedicados a servir todos los deseos de los señores. La protagonista, Sarah, es una de las dos criadas del caserón junto con Polly, una chica de 13 años. Ambas a las ordenes de la señora Hill, el ama de llaves. La historia de setas tres mujeres dedicadas en cuerpo y alma al trabajo para satisfacer a terceros cobrando una paga mínima trimestral y viviendo con lo mínimo es cuanto menos conmovedora. Los días para ellas se pasan fregando el suelo – a rodillas gachas y a rascar con un trapo para sacarle brillo a la losa-, haciendo la colada hasta salir sabañones –con lo que limpiar las enaguas de barro significaba en aquellos tiempos: una pesadilla-, la sangre de la ropa interior cuándo las señoritas –para quién no lo sepa los Bennet tienen cinco hijas- les viene la menstruación, cocinando y sirviendo y un largo etcétera de tareas que ninguno de nosotros soportaríamos actualmente. Los Bennet mientras, se pasan los días de fiesta en fiesta con el único objetivo de casar a sus hijas.

Para Sarah, la aburrida y repetitiva vida de Longbourn cambia cuándo el señor B, decide contratar a un lacayo llamado James Smith. Un tipo reservado que se encargará de los caballos, hará de cochero y echará una mano a las chicas. Pero a nuestra protagonista, más que verlo como un favor, lo ve como gato encerrado.

Lo que fascina de esta historia por encima de su narrativa, es sin duda su humanidad. Baker sabe desplegar todos los recursos que la literatura le ofrece con esta novela que hace vibrar al lector con personajes que en primera instancia fueron considerados fútiles o secundarios, pero que nos descubre otro mundo más allá de los rompecabezas de los Bennet de si ponerse una cinta rosa o azul en el vestido. Ellas son las que van a comprar las telas, zurcen, cosen, salen cuando está lloviendo a mares para encargar unas rosas para los zapatos de las señoritas, esperan fuera muertos de frío en el coche de caballos mientras ellas acaban sus fiestas aristocráticas, en resumen, viven para y por los demás.

Esta falta de vida, que puede resultar vacía es la que desgrana el tejido maravilloso de lo que es el ser humano: las ganas de soñar, vivir y buscar algo mejor. Porqué no por que se dediquen a servir a los demás dejan de ser personas, aunque a menudo Austen las transforme en sombras.

Debo decir que después de leer el libro les he cogido manía a Darcy, Wickman, a Elisabeth, al matrimonio Bennet y al resto de la troupe. Se hacen odiosos a ojos del lector, por ese afán que tienen de mirar constantemente su propio ombligo, aunque ya veréis que no todo es oro lo que reluce. Si bien esas sombras no tienen nada que envidiar a los señoritos – a los que sirven siempre con la cabeza gacha intentando no llamar la atención- es bonito saber que Baker los ha dotado de esa maravillosa persistencia humana para sobrevivir a los que se considera destinado a ser de por vida.  Una novela dulce, encantadora que os devolverá el gusto por la lectura y en la que no podréis evitar releer la última página con una sonrisa incrustada en los labios, que ya adelanto, tardará unos días en desaparecer.

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