Canis Lupus Familiaris Obis

By | 21:09 Leave a Comment
Mundo perruno. Y cada vez más. Yendo a pasear por cualquier sitio te los encuentras: te encuentras sus defecaciones en el suelo –quién tenga un poco más de suerte en el zapato-, los pelos en la ropa, los ladridos por el vecindario y ahora, por si no invadiesen bastante- en centros comerciales, metros, farmacias y centros de alimentación.
Tal hecho da a entender que o el ser humano –Homo palurdus, en más de una ocasiónha perdido el oremus o las fronteras entre el sitio del animal y el de la “persona” han sido totalmente desdibujados, y consecuentemente aceptados como normales en la sociedad.
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El caso más bestia lo conocí hará ya unos cuantos añitos, cuando por esas cosas de la vida llega a mis oídos que una señora alimenta a su hijo con bocata de mortadela y a su perro con jamón de york extrafino. Lo que en un principio puede parecer un hecho surrealista, es en mayor o menor medida la situación que estamos viviendo actualmente. No existe una línea, no existe un diferenciación en una sociedad rica en el que al mejor amigo del hombre (discutible, por supuesto) se le deja dormir encima de la cama, sentar en la mesa, se le trate mejor que a los hijos y se le deje pasear por dónde le de la gana, aunque estas sean tiendas de ropa, de comestibles o simplemente, centros de distribución de medicamentos sanitarios. Los perros no están prohibidos en ningún sitio –a excepción de centros de salud, evidentemente-. Dónde va el humano, va el perro, lo que resulta totalmente inversemblante mientras se mantiene la fútil pero eficiente excusa de que “no molestan a nadie”. A nadie menos a mí. Y supongo que a un grupo de personas que no se atreven a decirlo en voz alta, aunque lo piensen. Y pobre del pobre individuo que insinúe algo así como un “¿puede sujetarlo cerca de usted, que es como debería permanecer?” O que en la cara se dibuje una mueca de asco primero para el dueño, luego para el perro. No deja de ser irónico que alguien que confunde la naturaleza de dos especies se atreva a dar lecciones a otros de lo que es el amor a los animales, o simplemente a tachar directamente al prójimo de maltratador in extremis o de insensible con la naturaleza. No amigo mío. No es así. Se siguen confundiendo los términos. Me encantan los animales, he tenido, tengo y tendré animales pluscuamperfectos. Nunca repito los nombres de aquellos a los que pierdo y los presentes viven felices, sanos y llenos de amor, con cada movimiento, cada gesto. En mis años he tenido la inmensa suerte de aprender de ellos gracias a la inagotable compañía de perros, gallinas, canarios, gatos, tortugas, peces, patos y –actualmente- loros.
No lo puedo evitar, ni lo deseo. Me gusta cualquier animal –tiburones de arrecife, cocodrilos, pandas, elefantes blancos y negros y de cualquier color, ballenas, linces o tortugas marinas- que no tenga que ver con la especie humana. El Homo palurdus, rey de la sociedad de aneuronales. Todavía me cuesta creer que alguien que tacha a los demás  y a primera vista, que no juzga sino sus acciones y el porqué de ellas pueda alardear del término “maltratador” a alguien que le pone mala cara cuando, por ejemplo, su bicho acaba de defecar en medio del suelo de un gran centro comercial y para colmo, ha tenido la fortuna de pisarlo. A esos Homo perrunus no los saques del perro, porqué las otras especies les va a sonar a chino.
Visto lo visto, como nadie dice nada y esto tiene más parecido a una república bananera que a una populari societate he decidido sacar a mi Fluffy a pasear por el centro comercial y por dónde a él le salga de las patas. A ver si me dicen algo. La primera en acercarse ha sido una señora teñida de rubio oxigenado y extra de UVA solar con un Silky Terrier atado con una correa rosa. Fluffy evidentemente fue a saludar –tengo un bichito muy educado-. La señora empezó a gritar como una loca berreando con las amígalas en la campanilla que “Fluffy se había comido a su Bambi”. ¡Pero mira que hay que ser inculto! No señora, no se lo ha comido, lo ha engullido.
A veces le pasa. Va flojín de nutrientes y si encuentra un tentempié se lo lleva a la boca. Con el jolgorio que se montó, vino el guardia de seguridad –uno de ellos- que empezó a soltar que ese “bicho” (sí, así de despreciativo fue) no podía entrar ahí, que era peligroso. Yo le conté que mueren cada año más personas por ataques de perro que, por ejemplo, de tiburón. La diferencia es que no nos comemos –ni cazamos- a los perros. Y que sin embargo a los canis si que no había ningún problema para que los dejasen pasar. Él insistió en llamar a no sé quién. La cuestión es que a Fluffy , que aunque sea animalito lo entiende todo, no le gustó un pelo el comentario y le arreó un mordisco en la pierna, para posteriormente zampárselo de un bocado. Le dije que lo escupiese, que no estaba bien, que nos delatarían igual y que para colmo me vaciaría el bote de sales Eno. Y mira que se lo dije. “No comas basura, que te sentará mal”. Pero él nada, va de independiente. A ver como lo llevo yo ahora de vuelta a casa.

Nota: Fluffy es un Caimán crocodilus de 2’5 metros.
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